martes, 17 de noviembre de 2009

LA ÚLTIMA DE JOSÉ OVEJERO



LA LOCURA DE LA GUERRA
("Artes y Letras" Heraldo de Aragón, 5-XI-09)

“Al escribir se da uno cuenta de que las cosas no son como uno había imaginado. Tampoco como uno quisiera. Y tampoco como las ha escrito. La literatura y la realidad se alejan cuanto más quieres acercarlas. Y viceversa”. Estas frases finales (pág.395) de quien dice escribir La comedia salvaje –ese autor que dialoga con un viejito, por cierto relojero. No olvidar su más que posible guiño, pues los relojes ofrecen tiempo cronológico- indican con claridad la manera de acercarse a la obra y, en consecuencia, también como se debe interpretar. Si la guía pura de la novela no es ni la imaginación, ni tampoco la plasmación de la realidad –el deseo, aunque importante, pertenece a otra dimensión, responde a lo personal, a la postura, incluso ideológica- ni tan siquiera la mixtura de ambas, ¿qué es?, ¿qué pretende La comedia salvaje? Ahí, precisamente está la clave. Una clave de escritura y de lectura diferente a las ensayadas y conocidas hasta el momento.
Ovejero parte de una herida, siempre enorme y rezumante, de la sociedad española reciente. O sea, de la violencia fraticida que desemboca en guerra y, por tanto, en exterminio del adversario. Una violencia enquistada en España desde el siglo XIX, con tres guerras carlistas, y viva durante el siglo XX, con la guerra civil -además de sus consecuencias durante una larga posguerra-, que ha sido observada literariamente desde muy diversos enfoques. Las memorias, la perspectiva histórica, la oralidad, la imaginación… con su trasfondo de denuncia, de plasmación o, entre otras líneas utilizadas, de reflexión han alimentado multitud de obras literarias. En la mayoria, la búsqueda de lo sucedido, fiel o partidista, ha sido guión clave. Incluso, a veces, hasta la ironía y el sarcasmo, por hastio o con intención crítica, han sobrevolado tan purulenta herida.
La comedia salvaje, de José Ovejero, es otra cosa y no hay que olvidarlo. Sin dejar de lado la realidad histórica –la documentación aflora a poco que se esté atento, al igual que lo hace la descripción realista del territorio donde acontecen los hechos narrados- Ovejero ha jugado a lo ciencia-ficción y al esperpento para, mediante el disparate y la distorsión, observar, como si estuvieramos situados en una lejanía próxima –valga el contraste-, la locura de la violencia característica, como mínimo, de la España de los dos últimos siglos.
El acercamiento de Ovejero, pese al permanente caudal de sonrisas que destila, nunca ahoga el dramatismo de la violencia que persigue mostrar. Y es, precisamente, ese tic de sonrisa continua lo que permite ver, en profundidad, lo cruel de las guerras. De cualquier guerra. Una visión con la que caen a tierra ídolos, arquetipos, heroismos, patrias, enseñas… e, incluso, las mismas ideologías en las que se sustenta todo el variopinto museo de entelequias citadas. Es decir, de todo cuanto da cimiento a una realidad que nunca debió llegar a producirse, pero que, en su momento -también, desde la misma retrospectiva- no dudó en envolverse con la piel de la razón. Y razonar en torno a tal imposible es lo que pretende el escritor Ovejero. A razonar que no hay nada que pueda justificar la salvajada, la brutalidad, la maldad, el dolor… por mucho que los “santos principios” de la nación y de las ideologías así lo prediquen. Por eso, reirse de uno mismo y del entorno que define a uno como tal, es un método eficaz para la catarsis. Así, de forma tan diáfana, se muestra el tema y la problemática que laten en esta novela. Una novela que, por supuesto, no deja títere con cabeza.
Ideales de toda estirpe, clases sociales, probos ciudadanos, militares, políticos... e, incluso, el pueblo, tan anónimo como manipulado, caen bajo el foco triturador de la escritura en La comedia salvaje. Ovejero, deformando y jugando al artificio con el modelo de Valle-Inclán al fondo, busca ofrecer fidelidad en la mirada que ejerce -artísticamente, claro- sobre la realidad narrada. Todo aquello que posee entidad de realidad histórica es puesto en tela de juicio. Nada escapa a la perspectiva – Cervantes en el horizonte, con tal fuerza que hasta hay en la novela una quema de libros como en el Quijote-. A la perspectiva y a la mirada de la distorsión sobre esas entidades para descubrir costuras y puntadas. Y, así, consigue que se observe que la guerra civil española fue un sinsentido. Un sinsentido donde todo el mundo quiso tener razón. En la novela, cada una de las dos Españas manifiesta su razón. Y dentro de ambas Españas, más de lo mismo. Cada facción enarbola también su razón. Violentamente, claro. Sean anarquistas, comunistas, sosialistas, republicanos, separatistas… de un lado, tibios o no tibios; sean fascistas, requetés, militares, capitalistas… de otro, intransigentes o no. A la postre, una imagen fija, fijada e inamovible: un país asesino, destrozado, desolado, sin alma… condenado a una larga travesía por el desierto, pues ni siquiera hay cabida para un pacífico “Moisés” -como Benjamín en la novela- que enderece la situación. La narración deviene así, porque la guerra civil española, al igual que las guerras carlistas del XIX, es producto de dos concepciones irreconciliables de lo que debe ser España. La falta de razón conlleva la imposibilidad de futuro, a no ser, claro está –fácilmente imaginable-, que se produzca el exterminio de una de las partes.
Para llegar a una mirada limpia de todo arrabio y no dejar títere con cabeza como se ha apuntado –algo muy resbaladizo cuando se toca un tema como éste-, Ovejero ha dado un salto mortal en el vacío. Su ingenio ha buscado el peligroso apoyo de lo que pudo ser, sin que éste “pudo ser” caiga en lo inverosimil. Milagrosamente. En suma, que su apuesta descansa en la especulación. Una especulación asentada en un difícil equilibrio. Pues, junto a la historia sucedida y conocida, habita el futuro ya imposible. Mixtura que, mediante una ingeniosa pirueta en lo posible imaginado, consigue desembocar en una “irrealidad real” –valga la contradicción- o, digamos mejor, en una “irrealidad asumible” que, en lugar de configurar un simple y vacuo ludismo narrativo e imaginativo como cabría suponer, parece contener la posibilidad de la mirada a fondo.
Benjamín, estudiante de cura enclaustrado, a quien el estallido de la guerra le coge, desamparado, fuera del seminario, es el elegido para la “misión”. Por orden de don Manuel Azaña, tiene que llevar una carta suya y otra del golpista Cabanellas al filósofo Ortega, “uno de los pocos a los que respetan la derecha y la izquierda moderadas” (pág.36). La sorpresa de los golpistas ante la resistencia de los leales a la República, y la situación del lider republicano, consciente de que acabará mal la vorágine en la que el país se halla sumido, engendra la duda, la posibilidad de un giro en los acontecimientos –ojo, ya acaecidos- . Lo verosimil se fragua así como algo real y el edificio de la novela ya puede crecer –milagrosamente, de dicho-.
La elección del personaje Benjamín es igualmente clave para que el edificio narrativo de La comedia salvaje se sostenga. Incluso, el nombre no está escogido en vano. Por la Biblia sabemos que éste nombre es una encarnación de la inocencia, al ser el menor de toda la parentela del José bíblico. El Benjamín de La comedia salvaje es un inocente. Como lo fueron muchos de los españoles en aquel momento violento y trágico. De ahí que se remarque en la novela que, a veces, el protagonista no es consciente de sí mismo; que, para él, la felicidad es no pensar; y que, además, sepa que el entorno es peligroso y que devora. Por eso, desorientado y apesadumbrado, Benjamín se verá empujado por la misión encomendada. Y, cuando dude, cuando menos tendrá el apoyo de Julia, perdedora como él y vapuleada como él.
Benjamín, por tanto, responderá de manera similar a como respondieron los combatientes ante el revoloteo de una especie de orden mesiánica que les empujó a la acción. A estos, les pareció bien el desatino de la guerra como defensa de lo propio, de la razón de los suyos; es decir, aceptaron un etéreo mesianismo colectivo que parecía llevar atada la culpa generalizada. A Benjamín, pese a su “incapacidad para tomar decisiones”, está obligado a porfiar en el cumplimiento de la “misión” mientras cruza media España que se desagranda sin remedio. Por eso adquiere sentido y trabazón narrativa –obsérvese, en la novela, el eco y repetición de la orden- el “cada día que te retrases cientos de españoles morirán… Piensa en las madres. No te olvides de las novias que esperan en balde. Mirá como envejecen, solitarias y tristes. Todo por tu culpa”; es decir, las frases que le espeta Azaña, con la autoritas de su condición e información privilegiadas por ser presidente de la República.
Y sólo así, a caballo de un humor crudo que abrasa -y, también, que espanta- y de una certeza que machaca, adquieren sentido escenografías muy teatrales de la novela. A veces, conforman clarificadores cuadros que, siendo propios de una esperpentización del pasado, poseen, hoy día, más que el valor de un eco revelador –problema catalán, por ejemplo, muy en línea con la matraca actual del Estatut-. En otras, echando mano de la misma distorsión esperpéntica, los cuadros, construidos con raíz en la historia, van más allá de lo intuido, escuchado o investigado y ofrecen una mirada especular que es, al tiempo, muy diáfana y concreta. En muchas ocasiones, la sonrisa puebla el rostro y la carcajada tiende a asomarse, pero no logra que pierda fuerza la dureza que delinea las escenas narradas. Se trata, siempre, de escenas brutalmente reales –o, como poco, muy verosímiles- contrapunteadas con la alucinación, la fantasmagoría, el sueño o delirio distorsionadores para rebajar ahogo y acidez. Me refiero a las escenas en torno a las Milicias, a las Brigadas Internacionales, a los rifi-rrafes anarquistas/comunistas, ante la crueldad falangista en retaguardia, a la bendición de la iglesia ante la barbarie, a la actuación y descripción de algunos personajes claves en nuestra contienda fraticida… Asimismo existen otros momentos en los que la sonrisa acaba muerta mucho antes de accionarse. Como ejemplo, el capítulo de “Dejad que los niños”, donde se sintetiza, con medida intriga y suspense apenas entrevisto, el valor y la finalidad de la enseñanza en la República con el mácabro ensañamiento del cuerpo de un maestro a manos de unos incultos discípulos. O la escena del churrero (págs. 93-103), sádicamente servida con una patina de humor que, lleno de corrosión, acoge con naturalidad toda la animalidad inimaginable en el ser humano. Sorpresa, sonrisa y sufrimiento van de la mano. Y, sin embargo, la verdad, la realidad, afloran, gracias a su mestizaje, desnudas, libres de ganga y de partidismo.
Ovejero ha dado un salto mortal sobre una pista resbaliadiza, llena de trampas y trampantojos. Al leer la novela, la red parece resistir. Al menos, literariamente. No creo que en La comedia salvaje se deba buscar la Historia –para eso está el profesional bisturí de los historiadores- sino una mirada ficcional seria que pretende posarse, limpia y seria, sobre los acontecimientos utilizados. Tal vez, tan sólo para ayudar a remirar o mirar de otra manera la Historia que hemos aprendido. Sin duda, la novela va –o puede- a levantar ampollas. Pero la insensatez que narra Ovejero está ahí y esa es una realidad inamovible. Claro que inamovible no es lo mismo que manipulada, partidista o, digamos, glorificada, venga de quien venga. Por si acaso, no pierdan de vista que el viejito, perdedor, en sus conversaciones con el autor, afirma que “a mi edad uno no está seguro de casi nada salvo de que se haya vuelto un completo imbécil” o, también, que “encontrar una interpretación es algo que apacigua mucho, te devuelve la confianza en el mundo, porque lo hace parecer menos arbitrario, menos brutal” (pág. 345).
A la presencia permanente de la duda, balanceándose entre la distorsión –como esperpento, no como manipulación- que plasma la novela y lo que se sabe y se ha heredado de la Historia o, dicho de otra forma, entre la mirada literaria de los hechos contados y lo que la memoria, la oralidad y la tradición destilan, ayuda la confusión de tiempos, el maridaje con difuminación o, entre otros aspectos, la inserción de falta de “racord” y de anacronismos que, perteneciendo a la rabiosa actaulidad del lector, se encastran como futuribles sin problema alguno en el pasado narrado -alguien que habla de la televisión, por ejemplo, en el cerco al Alcázar de Toledo-. En definitiva: la locura de la guerra.

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