viernes, 6 de noviembre de 2009

PREMIO NACIONAL DE COMIC


Sirva el artículo de "El País" para aquilatar el buen tino del "Premio Nacional de Comic" otorgado a Felipe Hernández Cava y Bartolomé por 'Las serpientes ciegas', una historia entre la Guerra Civil española y Nueva York .

"Felipe Hernández Cava (guión) y Bartolomé Seguí (ilustración) han obtenido el Premio Nacional de Cómic que otorga el Ministerio de Cultura con su obra 'Las serpientes ciegas' (ediciones BDBanda) , una doble historia sobre ajustes de cuentas personales que transcurre a caballo entre la Guerra Civil española y el Nueva York de finales de los años 30. El jurado, en el que figuraban autores prestigiosos del cómic español como Max y Horacio Altuna, eligió 'Las serpientes ciegas' por unanimidad.
Yo soy de los que piensan que todo aquello que lleve la firma de Felipe Hernández Cava debería ser de compra y lectura obligatoria. Pocos guionistas de este sacrosanto país (y parte del extranjero) tienen la capacidad de Cava de promover la reflexión y el análisis combinando por un lado el género con la contextualización sociocultural. Una endiablada habilidad a la que suele unir un exquisito gusto a la hora de elegir dibujantes para sus proyectos -ahí es nada: Federico del Barrio, Auladell, Ricard Castells, Enrique Breccia... por sólo citar algunos-, consiguiendo que todas sus obras sean un placer (y un reto) para el lector. Los protagonistas de sus obras siempre han sido personajes que exploraban un concepto tan elusivo como la motivación para seguir adelante en la vida, analizando cómo los ideales e ilusiones se formaban y entrelazaban para componer un discurso vital. Peter Parovic, Lope de Aguirre, Amorós... personajes que desafiaban las convenciones para escrudiñar a su alrededor en busca de las razones que llevaban a los seres humanos a comportarse como se comportan.
Sin embargo, si ya de por sí tenía razones más que sobradas para esperar con ansia Las serpientes ciegas, su nueva obra, esta vez se multiplicaban por un sutil cambio de mensaje que, a mi entender, lanzaba Soy mi sueño, la espléndida obra que firmó con Pablo Auladell. En aquella, detectaba en el discurso de Cava un giro hacia el descreimiento, un fondo de profunda decepción hacia las ideologías que se certifica plenamente en este álbum. Parte de una historia de búsquedas, que nos habla de Ben Koch, un idealista en busca de ideales, al que encontraremos en los inicios del Partido Comunista en unos Estados Unidos azotados por la depresión y seguiremos hasta la Guerra Civil española, escenarios perfectos para que Cava vaya enfrentando a su protagonista a los discursos programáticos, a las ilusiones quizás excesivamente ingenuas de los que abrazaban las ideologías en busca de una revolución que nunca llegó. Jugando con una estructura temporal paralela, vamos conociendo su historia, pero también la de la pérdida de su inocencia. Asistimos al abrazo de las ideas, a su formación y a su victoria, pero también a su perversión y derribo. En un análisis casi cruel, Cava parece plantear que las ideas son utopías destinadas a ser manipuladas y destrozadas por un ser humano incapaz de separarse de sus egoísmos y avaricias. Da igual la geografía y los momentos: la ingenuidad de quien defiende un ideal, muchas veces sin ni siquiera llegar a comprenderlo, será siempre derrotada por una perversión que es innata al ser humano. El diablo siempre vencerá, es el destino.
Un discurso amargo que sólo deja una salida: el ser humano siempre tendrá la debilidad de su humanidad, sólo el pensamiento crítico, la inteligencia y el sentido común deben ser las guías de nuestras ideas, intentando compensar esos lances de apasionada humanidad tribal inevitable. Una apuesta que, en buen ejemplo, el propio Cava pone en duda con un final tan sorprendente e inesperado como socarronamente acertado.
Una obra brillante en la que hay que destacar especialmente el trabajo de Bartolomé Seguí a los lápices, que abandona su tradicional blanco y negro para adentrarse en un color potente, lleno de sombras y matices, que juega con una paleta de tonalidades rojizas para transmitir una atmósfera agobiante y opresiva, calurosa como el infierno. El trazo vitalista y nervioso al que Seguí nos había habituado en sus obras de corte costumbrista, es sustituido por una pincelada dura, gruesa, que acompaña perfectamente a la historia de Cava en forma discreta, invisible, pero dando el plano adecuado, el ritmo perfecto y la composición necesaria. Un álbum excelente, en cuidada edición de Bdbanda (¡ay! Sólo un detallito para alcanzar la perfección: cuidado con ese bocadillo que se ha colado en francés)".

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