viernes, 24 de julio de 2009

SICILIA (X)

Desde que llegué a la isla me levanto al clarear. Hay, como mínimo, una hora de diferencia con España. Son un poco más de las cinco y media. Es decir, como una hora menos de sueño de lo habitual, pero no me importa. Vale la pena el frescor de la amanecida, el contacto silencioso con el bostezo de Palermo. El mar, pese a la mansedumbre del puerto, deja intuir una especie de ceceante silbido. Una música de fondo que rompen los empleados portuarios y los primeros ronroneos de los coches. Las calles aún rezuman la humedad de la noche. Es grato deambular. Además, del recorrido artístico, hoy quiero visitar mercados al aire libre y lo que descubra en un vagar sin rumbo.

La Capilla Palatina espera. Tengo tanta historia acumulada sobre ella que aguardar al grupo me pone nervioso. Pedimos taxis. Todo un acierto. Quien nos lleva, tiene novia en España, de Cuéllar, y la conversación fluye amistosa. Como de hermanos o, en su caso, de vecinos. Acaba de ser San Fermín y él habla de correr los toros de Cuéllar. Le gusta, pero no acepta que se les mate. Ha sido un acierto porque Pascuale, el taxista, se las arregla para saber de nosotros y de nuestra estancia en Palermo. Así saldrá un buen precio para ir, al día siguiente, a Monreale. Para él y para nosotros. Él y un amigo, convertirán dos taxis normales, en taxis para doce personas sin apreturas y sin infracciones. Me maravilla este don previsor y, a la vez, multiplicador de los sicilianos.

La Capilla me deslumbra. Estoy “Kao” durante más de una hora. Para los que estudiamos la vieja “Historia Sagrada” en los tiempos de bachiller elemental es una delicia. No quiero ni imaginar la cara de bobo ante la incomprensión de quien es lego en la materia. Por mucho que alguien explique su significado, nada como revivir tú tu propio pasado, comulgar con algo que está en tu interior. Los mosaicos bizantinos sobrepasan la perfección. Toda la capilla, del Pantócrator del altar a diversas escenas de las naves laterales, irradia color, sugestión, historia y recuerdos en un sutil maridaje de memoria y mirada. Es un comic que narra los tiempos antes de Cristo en Oriente Medio. Sin más. Además, el recuerdo de Rávena se suma a todo cuanto atrapa mi mirada.

“Kao”, lo que se dice “kao”. Menos atracción ante un fabuloso artesonado musulmán cerrando la capilla y un decoradísimo candelabro románico. Pese al impacto, todavía no he visitado Monreale. Allí será la apoteosis.

La mañana ha comenzado gozosa. Y de gozo en gozo transcurrirá a pesar de no poder visitar el resto de los edificios: castillo normando y demás dependencias de Piazza del Parlamento. Están cerrados o está prohibida la entrada. Como en la Aljaferia de Zaragoza que alberga las Cortes del Gobierno de Aragón, en estos se alberga el gobierno de Sicilia –siempre ha sido el eje de la ciudad- y, en la visita, podemos ver los despachos de los grupos políticos mayoritarios de Italia. El gozo continúa ante la visión de las cúpulas rosáceas de San Giovanni degli Eremiti, superado por las más puntillosas y gráciles de San Cotaldo en el increíble entorno que agrupa Fontana Pretoria, La Martorana o, entre otros edificios y sutilezas arquitectónicas, artísticas o, simplemente, inusitadas, los Quatro Canni. Hay que detenerse y gozar. Fontana Pretoria es, junto a los Quatro Canti, algo especial. Para rumiar lentamente. Por sus esculturas en la primera –también, por ser lugar de protesta para los huelguistas. Enfrente de la Fontana está el Ayuntamiento o Palazzo delle Aquile—y, por su rareza, en los otros.

Desciendo hacia el Mercato della Vucciria. Singular, con un poso costumbrista muy vital, etnológico, incluso, pero, pienso, que con menor fuerza y arrastre visual si lo comparo con el de Catania. Los sentidos se disparan en un múltiple mar de colores y olores, ante todo. También se puede comer alimentos preparados de cara al público. Disfruto correteando por las callejas que lo acogen. Acabo en la Piazza San Domenico y así paso de los las vituallas que sacian lo físico a la iglesia de los domínicos que se ocupaba-ocupa de lo espiritual. La portada, aunque del XVIII, es lo que más me interesa. Y, cerquita, el interior del Oratorio del Rosario de San Domenico con un cuadro de Van Dyck. Abundan -no sé la causa- los oratorios en Palermo.

Queda para más tarde el Museo Archeologico Regionale. Disfrutaré con algunas piezas. En espacial, con los sarcófagos fenicios, con restos púnicos y algunos utensilios griegos/romanos procedentes de Selinunte. La sonrisa aflora cuando, entre los utensilios domésticos, descubro objetos fálicos –vasijas de ungüentos y colonias, supongo- con clara utilidad íntima y femenina. Al Suroeste, nos dicen, se encuentra el Museo de Zoología y el Orto Botanico que debo visitar. No viajo sólo y, a veces, en lo que, en principio, no te interesa, salta el asombro. No es el caso, aunque el Orto Botanico albergue un buen herbario del XVIII y los ejemplares, de varias especies, atraigan la mirada.

Saciado de arte, busco callejear. Perderme sin rumbo es uno de los placeres que más agrado proporcionan. De lo imprevisto puede esperarse todo. Así, además, se rompe con la monotonía de lo previsible. Es bueno e instructivo hundirse en la retícula de la ciudad.

Suelo orientarme bien. En Palermo es fácil: Vía Roma, Vía Maqueda, Vía Cavour y Vía Vittorio Emanuele son ejes muy precisos. Y mucho mejor es la referencia del puerto. No hay problema. La cuadricula va en mi mente. Al deambular por Palermo, tomo nuevas referencias. Así, en los inicios de esta aventurarme, descubro el edificio de Correos, de arquitectura fascista, grandilocuente, clásica en su escalinata y columnaje que buscan imponer, pero sin la gracia del edificio avistado en la piazza Bellini de Catania. Observo que el teatro Massimo y el Teatro Politeama –en uno de los dos se anuncia “caballería rusticana”, la ópera basada en la obra de mi admirado Giovanni Verga- se codean con edificios modernos, cada vez más actuales conforme vamos hacia el noroeste por la Vía della Libertá. Edificios cada vez más poblados de tiendas, en las que la globalización muestra su cara más común. Algunos edificios tienen interés. En otros se intuye el dinero de quienes los habitan. Los más son como en cualquier ciudad, sin alma. O con el alma de la repetición. En conjunto, las fachadas, aunque no digan mucho, con su limpieza, con su historia o con su eclectismo de cierta altura, sí que cuchichean insinuaciones. La Palermo más moderna responde al esquema de cualquier ciudad: pierde solera conforme se aleja del centro, aunque así gane en espulgo y claridad.

La noche en Palermo pesa. A la humedad le cuesta desgajarse de la calorina. Pero a la hora de cenar no hay prisa. Es preferible el neón de los establecimientos, la luz de las farolas, el intento de topar con una brisa que no arranca… a las cuatro paredes de la habitación, en el hotel. Por fortuna, apenas llegamos a Palermo, descubrimos la terraza del hotel en el último piso, mirando al mar. El problema: a las 23,30 echan la persiana. Y, hoy, cuando ocurre, no quedan arrestos para pasear de nuevo por las cercanías. Ni para acercarse al mar como en Agrigento

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